quinta-feira, 4 de dezembro de 2014

Alemania empuja a Europa a una tercera recesión


«Hace seis años, tras la caída de Lehman Brothers, los líderes europeos se reunieron en París para discutir una respuesta conjunta al tsunami financiero que se avecinaba. Francia y otros países impulsaron la creación de un fondo europeo para contener el impacto de la crisis. Sin embargo, Angela Merkel descartó un enfoque común e insistió en que cada país ideara su propio plan para combatir la que ha resultado ser la peor crisis financiera desde la Gran Depresión de los años 30. Y ahora que Alemania empuja a Europa a su tercera recesión, confirmamos el descalabro de las malas decisiones económicas impulsadas por un egoísmo ciego y malsano.
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Desde el estallido de la crisis, no se escatimaron recursos para el sistema financiero, apoyándolo con más de 30 billones de dólares, mientras el resto de los sectores económicos han debido luchar con las secuelas de la crisis. Los 30 billones de dólares inyectados al sistema financiero, permitieron superar los problemas a gran parte de la banca, desatando una euforia en los mercados bursátiles que, solo en los últimos dos años, se incrementaron entre un 50 por ciento, como el CAC francés, y un 80 por ciento como el Ibex español (ver gráfica), o un 65 por ciento como el Dax alemán. Todo esto mientras la economía real se mantenía estancada y los niveles de desempleo seguían por las nubes.
Lo que estamos viviendo ahora es el derrumbe del castillo de naipes del dinero barato generado por los bancos centrales para ayudar al sistema financiero, que permitió a muchas empresas duplicar o triplicar el valor de sus activos. En estos seis años, todas las ayudas fueron al sector que creó la crisis, sin importar el hundimiento de la economía real. La caída de la demanda; el estallido del desempleo o el descenso imparable de los precios, no ha importado a los “rescatistas”. Y ahora que la zona euro sufre de un desempleo récord; cuando la deflación resulta inminente y cuando no hay ninguna perspectiva de crecimiento, como ha reconocido el propio Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, comienza el destape de esta caja de pandora que puede tener insospechadas consecuencias.

Adictos a la droga del dinero barato

El sistema financiero se ha tornado fuertemente dependiente de las inyecciones de dinero barato y de las tasas de interés al cero por ciento. Como el monstruo a lo Frankenstein que es, el dinero especulativo requiere de la constante creación de burbujas para mantener al sistema en funcionamiento. Y apenas los banqueros centrales, como Janet Yellen, anuncian que la política del dinero barato llegará a su fin, comienzan los espasmos catatónicos que hacen entrar a las bolsas en “modo pánico”. Así titulan los medios financieros cuando los mercados bursátiles se desploman más de 5 por ciento. Aunque no se puede esperar nada más de un sistema que se hizo adicto a la droga del dinero barato que se le entregó para la reactivación económica, y terminó usándolo en comprar más droga. La verdadera corrección del mercado no tardará en hacerse presente, y el “modo pánico” de estos adictos entrará en vigor de manera prolongada.
La zona euro se encamina directamente a su tercera recesión y ésta será la consecuencia de los malsanos planes de austeridad que en nada tomaron en cuenta la profundidad de la crisis. Durante meses, las cifras muestran un descenso constante y sostenido de la actividad económica y de los precios, lo que indica que la zona euro se encuentra en plena trampa 3D, con deflación, desempleo y deuda. Y a medida que la desaceleración global se intensifica, la contracción adquiere más fuerza. Así lo expresan los datos de la producción industrial y las exportaciones de Alemania, que han caído con fuerza y no tendrán un repunte milagroso. Esto es porque también China, Japón y Estados Unidos van en serio retroceso, retroalimentando la espiral recesiva del contagio. Y ésto sin nombrar la catástrofe sanitaria del Ébola, a la cual en sus inicios las autoridades europeas no prestaron atención.

El FMI y la debilidad de la demanda mundial

El descenso del comercio mundial y la caída de la producción industrial ha llevado también al derrumbe en el precio del petróleo, que desde junio se ha reducido en más de un 20 por ciento. Asimismo, el precio del mineral de hierro ha caído un 40 por ciento en lo que va del año, mientras los precios del maíz, el trigo y la soja se han reducido entre un 20 y un 30 por ciento. Todo esto es resultado de la debilidad de la demanda mundial, lo que demuestra la ineficacia de las políticas promovidas por el FMI y los bancos centrales que aplicaron si mayor trámite las políticas de austeridad y recortes presupuestarios en un auténtico homicidio calificado.
Esto confirma que la recuperación se ha enfriado y que Estados Unidos y Europa pueden desacelerarse más de lo esperado. El FMI volvió a revisar a la baja sus expectativas de crecimiento para 2014 y 2015, y sin duda tendrá que volver a revisarlas a la baja en un par de meses más. El castillo de naipes del dinero barato solo ha sido una vía de escape para el sistema financiero, permitiendo a la oligarquía financiera mantener su hegemonía y aumentar su riqueza, sin lograr dar empuje a la economía real.[...]»

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quarta-feira, 3 de dezembro de 2014

Alain Touraine|Tenemos que volver a proteger los derechos básicos

“Una cara de la desintegración social producido por la economía, que hay que comenzar a partir del reconocimiento de los derechos universales”. Alain Touraine advierte del fin de lo social, “no sé quien dijo que los movimientos sociales salvarían la democracia, pero sólo los individuos son quienes defienden sus derechos fundamentales”.
Alain Touraine

“El hecho de que el poder es total, el movimiento de oposición – que puede conducir a una nueva vida social y política – debe comenzar con una declaración de la persona en su totalidad y sus derechos universales: el derecho a la libertad, la igualdad y la dignidad. ” 

¿Así que no es sólo la defensa de los derechos sociales? 

Es una perspectiva de perdida. El capital ya no es el centro de la batalla. Ya no podemos pensar con las categorías tradicionales del pasado, ahora ya no funcionan. La amenaza hoy pesa más en general en ser un “ser humano”, necesitamos volver a Hannah Arendt, cuando dice que el hombre tiene el derecho a tener derechos. Una fórmula que estoy de acuerdo, pero especificando que los derechos – precisamente porque son universales – que están por encima de la ley y la política. Para oponerse a la orden de la sociedad y reconstruir una vida colectiva es necesario vincular al individuo y lo universal. Dando lugar movimientos que ya no sociales, pero si ética y democráticos: demócratas, ya que ponen en cuestión el poder en su totalidad y ético por la defensa del ser humano en la realidad más individual y única.

¿Esto hace que sea posible recuperar la política e intentar contrarrestar la aparente omnipotencia de la economía?

Sí. Aunque existe una tradición intelectual que defiende la primacía de la política, eso es ahora desacreditado e impotente.  Tenemos que empezar de nuevo desde la ética, que está delante de la política, ya que es parte de un plan universal, sólo entonces podremos restablecer la democracia y crear lazos sociales. Cuando las intenciones individuales están cargadas de significados universales, se conviertan en agentes de la transformación social y democrática. La acción de la política democrática es nacida de nuevo por una clase política, de una política nacionalista, una política de intereses o unas políticas del sagrado privadas. La acción política renace sólo ética democrática, lo que significa que las leyes deben estar subordinadas a los derechos. Si es así, se hace posible recuperar el control sobre la economía y detener la deriva de destrucción de lo social.

¿Cuál es el papel de la cultura en este contexto? 
 
Es muy importante, porque la lucha por la cultura y la autoayuda culturales para transformar a los individuos en sujetos capaces de ser actores postsociales. Frente a una economía de consumo que reduce la sociedad a un mercado dominado por el capitalismo financiero global, el trabajo de reflexión y deconstrucción de los patrones de pensamiento se convierte en decisivo.[...]»

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Ssociólogos, Santiago Pardilla Fernández

Gauche, droite : une question de personnalité ?

Consultez le sommaire du magazine Dans la tête de l'électeur

«Notre personnalité intervient-elle dans notre orientation politique ? Électeurs de gauche et de droite interprètent-ils différemment le monde qui les entoure ? Autant de questions qui appellent des réponses complexes.

Existe-t-il des personnalités typiquement de droite ou à l’inverse typiquement de gauche ? Par exemple, les premières sont-elles plus individualistes, les secondes plus altruistes ?



Avec les caractères tels que posés, je ne le pense pas. Il peut y avoir des individualistes ou des altruistes dans tous les camps politiques. Néanmoins, l’idée d’un lien entre psychologie et orientation politique n’est pas stupide, et plusieurs expériences ont mis en évidence certaines corrélations. Dans les années 1960, Milton Rokeach a ainsi voulu bâtir une échelle de dogmatisme, via le test « Open and closed mind ». Mais elle n’était pas reliée aux appartenances politiques. Il estimait pae ailleurs qu’il y avait deux orientations de base possibles chez l’individu, l’une privilégiant la liberté, l’autre l’égalité. La première orientation se retrouvait chez les individus issus de mouvements proches de la droite, la seconde chez ceux des mouvements proches de la gauche. Plus intéressant, dans les années 1980, le psychologue Philip E. Tetlock s’est attaché à faire le lien entre choix politique et « complexité de pensée ». Selon lui, certains d’entre nous pensent les événements en termes assez déterminés : une cause produit des effets. Ils estiment qu’il est possible d’intervenir sur les effets en agissant sur la cause. D’autres individus appréhendent la réalité en des termes plus complexes, évoquant des causes multiples, percevant des interactions entre plusieurs phénomènes. Or, d’après P.E. Tetlock, les individus de gauche révèlent davantage de complexité de pensée que les individus de droite. Le bémol est que la complexité de pensée diminue en passant de la gauche à l’extrême gauche. Autre bémol, la complexité de pensée repérable chez les individus de gauche est visible en matière sociale, économique, mais disparaît sur des questions civiles, de sécurité. Les choses ne sont donc pas si simples. De manière générale, je suis prudent quant au fait de lier personnalité et choix politiques.


Les déterminismes du vote seraient alors davantage d’ordre sociologique que psychologique…



Oui, la sociologie montre que les conditions sociales peuvent orienter les choix politiques. Quant à la personnalité, il faudrait voir ce que l’on met dedans et il me semble difficile d’imaginer qu’elle puisse à elle seule déterminer nos choix, qu’ils soient politiques, religieux ou même professionnels. Je pense d’ailleurs que l’on pourrait aussi envisager la question dans l’autre sens. On tend fréquemment à conclure que ce sont les personnalités qui déterminent les choix politiques. Pourquoi ne serait-ce pas l’inverse ? Une fois qu’un individu a fait un choix politique, ne peut-il pas être amené à modifier certains aspects de sa personnalité, par les fréquentations que ce choix entraîne par exemple ? Cette personne ne serait-elle pas amenée à adapter sa personnalité à une ambiance générale, à une attente que l’on a d’elle dans son milieu social et politique ? La personnalité apparaît souvent comme « figée ». Or, les personnalités peuvent évoluer selon le contexte, les relations sociales, etc.


Électeurs de droite et électeurs de gauche interprètent-ils et expliquent-ils les faits de société, les faits divers, 
de la même manière ?



Des études montrent que les individus de gauche tendent à privilégier des explications d’ordre social, en termes de détermination par le milieu. Les personnes de droite privilégient plutôt des explications internes, plus psychologiques, en termes de responsabilité de l’acteur. S’agissant d’un acte de délinquance, les individus de droite auront une interprétation de l’acte impliquant plutôt le délinquant lui-même, sa supposée « perversion », la façon dont il a intégré ou non les normes sociales. Les individus de gauche investiront un type d’explications prenant en compte la condition sociale, familiale du délinquant, le contexte immédiat de l’acte commis.


Cependant, ces façons d’expliquer les événements ne sont pas inscrites dans la personnalité des individus. En témoigne une expérience dans laquelle il fut demandé à des enseignants d’évaluer des élèves en échec scolaire. Spontanément, les enseignants questionnés ont fourni des explications appelant à la responsabilité individuelle de l’élève : « devrait travailler plus », « ne fait pas assez d’efforts »… Mais si, avant qu’ils procèdent à l’évaluation, il est dit aux enseignants que leurs réponses seront consignées dans un bulletin syndical, deux types de réponses apparaissent : certains enseignants restent sur des explications d’ordre individuel, d’autres adoptent des explications soulignant par exemple l’origine sociale des parents. Ainsi, dès lors qu’il est placé dans un contexte « politique », l’individu se demande : « Vais-je être bien classé dans le bon groupe ? » Les divers types d’explications recensés chez les individus sont en fait inscrits dans la mémoire sociale. Si je veux être reconnu comme une personne de gauche/de droite, je vais donc puiser dans un certain type de vocabulaire pour bien affirmer mon appartenance politique. Les individus mobilisent – sans les maîtriser – ces vocabulaires sociaux pour faire jouer des processus identitaires.
[...]»

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terça-feira, 2 de dezembro de 2014

Sida : l'eldorado africain ?


 
«Perçue dans les années 1990 comme un continent menacé d'écroulement par le sida, l'Afrique représente aujourd'hui un ensemble d'opportunités pour les chercheurs et les laboratoires. Fanny Chabrol analyse les logiques indissociablement humanitaires, sécuritaires et capitalistes qui sous-tendent ce renversement et composent aujourd'hui la « santé globale ».

Le continent africain a été très tôt le plus affecté par le VIH. Le virus s’y est développé dès les années 1950 bien avant les premiers cas identifiés comme tels sur le continent au début des années 1980, il s’est transmis silencieusement, mais très efficacement, au sein des systèmes de santé qui ont eu un rôle amplificateur permettant au virus de se transformer et de se diffuser parmi la population. La progression rapide du VIH est sensible dès le début des années 1980 dans les hôpitaux africains. Par exemple en Ouganda 12% des donneurs de sang sont séropositifs en 1982 et au Congo 7,8% des femmes enceintes sont séropositives en 1985 [1]. Chaque année un nombre croissant d’adultes sont infectés par le VIH : 9 millions en 1993 parmi lesquels 1,7 million de cas de sida, de personnes ayant développé des infections en lien avec l’affaiblissement de leur système immunitaire. En 1998, l’Afrique subsaharienne comptabilise 70% des infections à VIH dans le monde, une proportion demeurée stable, voire en augmentation jusqu’à aujourd’hui. Tandis que la trithérapie antirétrovirale développée en 1996 s’avère efficace pour ralentir la progression du virus, ces traitements demeurent hors de portée des malades africains, et ce pour deux raisons principales. En premier lieu, le prix exorbitant des molécules protégées par les brevets ne permettait pas aux États d’en financer directement l’achat : en 2001, un protocole de trithérapie coûtait 15.000 dollars par patient et par an. En second lieu, des raisons politiques et idéologiques liées à la réticence de la communauté internationale à y œuvrer en raison de l’insuffisance des systèmes de santé, en termes d’infrastructures de laboratoire et de ressources humaines.

La généralisation de l’accès aux antirétroviraux dans les années 2000


La fin des années 1990 et le début des années 2000 représentent un tournant pour l’accès aux traitements avec d’importantes mobilisations au Nord comme au Sud. Des manifestations de très grande ampleur sont organisées sous l’impulsion de grandes ONG comme Act Up, Médecins Sans Frontières et la Treatment Action Campaign (Afrique du Sud) ou des ONG indiennes dès la fin des années 1990. Les accusations formulées par ces organisations contre les laboratoires pharmaceutiques contribuent à ternir leur image et à infléchir leur stratégie. L’inégalité radicale devient insupportable au monde occidental, alors que la « raison humanitaire » dicte les politiques internationales : « les malades sont au Sud, les médicaments au Nord » déplore le ministre de la Santé Bernard Kouchner, relayant un discours engagé du président Jacques Chirac lors de la conférence sur le sida en Afrique à Abidjan en décembre 1997. Certains États comme la France commencent à s’impliquer plus activement en faveur de l’accès aux médicaments en Afrique en proposant un Fonds de Solidarité thérapeutique. Aux États-Unis, le prisme sécuritaire gagne du terrain et bénéficie à la mobilisation pour le sida, perçu par l’administration Clinton comme une menace pour la sécurité du pays [2]. En 2000, lors d’une réunion du Conseil de sécurité de l’ONU, le sida est présenté comme le « problème n°1 pour la sécurité en Afrique », position réaffirmée lors d’une Session spéciale de l’Assemblée générale de l’ONU en 2001 [3]. Cet élan international a été le prélude à la mise à disposition de ressources financières et humaines sans précédent via le Fonds mondial de lutte contre le sida, le paludisme et la tuberculose en 2002. Peu de temps après, le plan du président George W. Bush pour le sida (President Emergency Plan for AIDS Relief ou PEPFAR) est mis en place. PEPFAR est destiné à aider 15 pays à lutter contre le sida par des programmes de traitement mais aussi par la promotion d’une approche de prévention fondée sur l’abstinence et la fidélité plutôt que l’utilisation du préservatif.

Cette mobilisation parvient à catalyser de nouveaux mécanismes de financements, acteurs et dispositifs de soin qui vont permettre les premiers programmes nationaux d’accès aux antirétroviraux (ARV) selon des modalités diverses. À titre d’exemple, au Sénégal, l’initiative sénégalaise d’accès aux ARV (ISAARV) fonctionne grâce à des négociations de prix auprès des laboratoires, de même que l’initiative Onusida en Côte d’Ivoire. Au Botswana, l’implication du gouvernement est soutenue par un partenariat public-privé avec la fondation Bill & Melinda Gates et la compagnie pharmaceutique Merck. En quelques années, la plupart des États d’Afrique subsaharienne ont pu mettre en place l’accès aux ARV pour les malades de façon gratuite ou à moindre coût. Tandis que seulement 100 000 personnes ont accès aux thérapies fin 2003, l’on en dénombre 810 000 fin 2005 et 2,92 millions fin 2008 ; 3,9 millions en 2010 (10 millions en auraient besoin). En quelques années le traitement médical des patients souffrant du sida est devenue une priorité mondiale.

Pour les acteurs biomédicaux (laboratoires, scientifiques, agences de financement), favoriser l’accès aux médicaments est devenue une priorité éthique puis un objet d’étude multiforme. En particulier, l’accès aux ARV devient le sujet de nombreux essais cliniques destinés à prouver l’efficacité des traitements, à mesurer l’observance des patients, à évaluer les toxicités et à surveiller l’apparition éventuelle de résistances aux molécules. Ce basculement correspond à un certain tarissement de l’innovation scientifique sur le VIH au Nord. Comme le notait le journaliste Jon Cohen en marge de la Conférence internationale sur les rétrovirus (CROI) de San Francisco en février 2000 : « les chercheurs spécialistes du sida se tournent vers l’Afrique en quête nouvelles idées » [4] et « l’Afrique offre aux conférenciers les résultats les plus intéressants ». Anthony Fauci, directeur du National Institute for Allergy and Infectious Disease (NIAID) confirmait quant à lui à la même période : « Quand cela bouge si vite, il y a tant de choses que l’on peut faire ». Autrement dit, l’explosion épidémique justifie l’intervention biomédicale sur le sida en Afrique, une intervention entreprise selon les modalités de l’essai clinique. Jusqu’alors envisagées comme des obstacles, les conditions singulières des systèmes de santé en Afrique ont légitimé une demande de connaissances nouvelles, révélant un nouvel enjeu de santé publique autour de la généralisation des ARV.

La ruée scientifique vers l’Afrique


En quelques années, le traitement médical des malades africains est devenu une priorité mondiale et un objet scientifique toujours plus compétitif, voire fascinant, pour une myriade d’acteurs biomédicaux cherchant à bâtir des partenariats avec des cliniques et des hôpitaux du continent. L’enrôlement dans des programmes de traitement s’est superposé au recrutement des patients pour des essais cliniques, et le comptage des patients sous traitement et des vies sauvées a rejoint des discours triomphalistes au sujet des avancées thérapeutiques et des succès des patients africains [5]. Les partenariats combinant recherche virologique et biomédicale sur le virus ont ciblé des milliers de patients et ont mobilisé des gouvernements africains, de grandes universités américaines, des scientifiques africains, européens et états-uniens autour d’objectifs de soin et de recherche. Au Sénégal, les scientifiques sénégalais (Hôpital le Dantec à Dakar), français (CHU Tours et de Limoges) et américains (Harvard School of Public Health) ont ainsi collaboré sur l’identification du VIH-2 [6] parmi les prostituées dakaroises, enregistrées dans un programme de suivi médical et transformées en cohorte d’observation. Soutenu par l’ANRS, le Sénégal met en place un programme gouvernemental d’accès aux traitements (ISAARV). A la suite de la collaboration à Dakar, la même équipe de chercheurs de Boston s’est ensuite tournée vers le Botswana où ils ont proposé à un gouvernement fortement engagé pour la santé publique de construire un laboratoire d’excellence. Il s’agissait de faire des recherches virologiques sur le VIH 1-C, de convaincre les laboratoires pharmaceutiques de s’impliquer en donnant des médicaments, puis de former les médecins à la prescription des antirétroviraux.

Le soin des malades africains est directement connecté à la compétitivité scientifique du sida sur le plan international, un nouvel humanitarisme médical orienté vers les maladies infectieuses. Le sida apparaît ainsi comme la maladie paradigmatique d’un nouveau régime de gouvernement de la santé au niveau mondial, en particulier dans les pays pauvres qui revendique le label de santé globale (global health). Celui-ci désigne généralement la diversification des acteurs (en particulier des acteurs privés), la concurrence de l’OMS par la Banque mondiale et les fondations philanthropiques, ainsi que la technicisation des interventions et des politiques de santé orientées vers l’accès aux médicaments. Le double régime de la santé globale – humanitaire et sécuritaire – est lié à ce nexus (King 2002) entre sécurité nationale et intérêts commerciaux formalisé dès 1997 dans un rapport de l’Institute of Medicine intitulé « America’s Vital Interest in Global Health : Protecting Our People, Enhancing Our Economy, and Advancing Our International Interests ». Les auteurs du rapport notent alors que « les États-Unis sont un leader mondial dans le champ de la recherche biomédicale (…). L’incapacité à s’engager dans la résolution des problèmes de santé globaux diminuerait la stature de l’Amérique dans le champ de la santé et mettrait en péril sa propre santé, son économie et sa sécurité nationale ».

Ces nouvelles géographies de la recherche et du soin s’expliquent par des transformations historiques et globales. En premier lieu, l’essor de l’essai clinique sur l’homme qui s’impose dans la seconde moitié du XXe siècle comme méthode de validation de l’efficacité des médicaments, en raison de la nécessité de contrôler le développement de l’industrie pharmaceutique [7]. L’essai randomisé (dans lequel un groupe placebo assure un contrôle accru de l’efficacité) est le standard absolu de ces recherches. L’augmentation considérable du nombre des essais cliniques s’accompagne d’un besoin toujours plus grand de sujets de recherche. L’apparition du VIH a accéléré cette tendance à mesure que de nouvelles molécules et protocoles devaient être évalués avant d’être mis sur le marché et qu’il fallait tester sur une très large échelle, parmi des centaines ou des milliers de patients séropositifs, naïfs de traitement (pour une meilleure efficacité). La « migration au Sud » [8] des essais cliniques est motivée par la quête d’une « valeur de surplus », un terme désignant la rentabilité croissante du vivant (biologique) dans les stratégies d’accumulation capitaliste [9]. Ces reconfigurations globales du capitalisme autour de la bio-économie ou du bio-capital expliquent l’essor d’une nouvelle philanthropie de la santé globale dominée par la fondation Bill & Melinda Gates. En découle une multitude de partenariats biomédicaux avec des pays africains devenus autant d’entreprises très rentables sur le plan moral, scientifique, économique et financier, d’où l’expression de philanthrocapitalime revendiqué par les acteurs philanthropiques eux-mêmes [10]. Les objectifs d’innovation technologique et biomédicale et de rentabilité financière influencent directement les politiques publiques en Afrique et aboutissent à une « pharmaceuticalisation » de la santé publique, c’est-à-dire des politiques orientées vers le médicament [11].

Tout en transformant radicalement le paysage du traitement du sida, cette nouvelle économie de la promesse semble rejouer un scenario historique bien connu. Des interventions mêlant humanitarisme, philanthropie et recherche biomédicale font écho à des épisodes de l’histoire pendant lesquels la médecine fut le véhicule d’intenses expérimentations biomédicales et biopolitiques de la part des pouvoir coloniaux. Les métaphores du laboratoire et de l’expérimentation méritent certes d’être réservées à certains épisodes spécifiques de la médecine en Afrique [12] mais l’on peut reconnaître avec l’historienne Helen Tilley que « l’Afrique n’a pas été qu’un laboratoire métaphorique » [13]. La concordance entre les travaux récents en histoire et en anthropologie autour des pratiques de convoitise sur les échantillons sanguins et des « données de bonne qualité » au sujet du sida est particulièrement frappante et plaide en sa faveur. La concentration de l’intervention autour des capitales africaines comme Gaborone, Kampala et Dar-Es-Salaam offrant des infrastructures médicales et de laboratoire « up-to-the-standard » et un réservoir toujours plus grand de patients sous traitement permettant l’observation de l’exposition du virus aux molécules antirétrovirales à une très large échelle rappellent le découpage du continent en zones d’intervention notamment en territoires médicaux et plateformes de recherche [14].

La compétition autour de la recherche sur les antirétroviraux, notamment entre universités aux États-Unis, justifient sans doute l’emploi de l’expression de « ruée vers l’Afrique » ou Scramble for Africa qui se réfère à la période de conquête et de partage de l’Afrique entre les puissances coloniales entre la fin du XIXe siècle et le début du XXe siècle. Le langage des opportunités de recherche, de la facilité et de l’aisance (convenience) utilisé par les acteurs concernés, tout comme les objectifs de développement des populations, le registre des vies sauvées grâce à la médecine, les promesses de traitement voire d’éradication rappellent que l’Afrique a toujours été un terrain privilégié d’expérience et d’application de théories développées au Nord.

L’Afrique au monde : un continent toujours plus attractif


Pour l’anthropologue Jean-Pierre Dozon [15], l’Afrique – et la biomédecine en Afrique – oscille historiquement entre des phases d’attraction et de répulsion. Tandis que la conquête coloniale s’était faite dans un mouvement de rejet du « tombeau de l’homme blanc » synonyme de maladies et de mort, l’installation coloniale et la domination exercée notamment grâce aux révolutions scientifiques et à une biomédecine toute puissante dans les colonies avaient fait basculer la double contrainte dans le sens de l’attraction ou de la domestication. La décolonisation poursuivait cette phase d’espérance, de croyance en la modernité du développement et au progrès scientifique et, malgré les premières crises de la post indépendance, « l’Afrique demeurait attractive pour les Occidentaux ». Mais l’ampleur prise par le sida en Afrique, considéré comme son berceau et sa terre d’élection, avec son lot de peurs démographiques et d’images de mort, le sida redéfinissait pour J.-P. Dozon, le double mouvement d’attraction/répulsion en la faisant pencher à nouveau du côté de la répulsion.

La « massification » des antirétroviraux et le renouveau de la recherche biomédicale ont assurément marqué le basculement dans une nouvelle phase attractive. Plus encore, le sida a contribué à redéfinir la présence au monde du continent africain. Expression proposée par l’anthropologue James Ferguson [16] l’Afrique en tant que « lieu dans le monde » (« Africa as place-in-the-world  ») ne désigne pas uniquement un territoire géographique mais bel et bien une catégorie sur laquelle le monde s’est construit. Le continent africain est connecté au reste du monde sur le plan de l’économie politique et de l’imaginaire par une réciprocité sans cesse alimentée. La persistance dans l’imaginaire d’un continent synonyme d’échec, de pauvreté, à la dérive et incapable de s’insérer dans la globalisation côtoie le portrait de l’Afrique eldorado, vue comme un vaste marché en plein développement, dépeint par les cabinets de consultants comme regorgeant d’opportunités économiques et commerciales [17]. La santé, en tant que secteur économique, occupe une place dans cet imaginaire de potentiel économique, de transformations socio-économiques en train de s’adapter et de se mettre à disposition des investisseurs étrangers. Toutefois, comme le rappelle James Ferguson : « any attempt to understand the position in the world that is Africa must take into account both this bleak political predicament and its broader implications with respect to Africa’s ‘rank’ in an imagined (and real) ‘world’ » (2006 : 14) (« tout effort pour analyser la place de l’Afrique dans le monde doit considérer à la fois la situation politique détériorée et ses implications plus larges par rapport à son ‘rang’ à dans un ‘monde’ imaginé – et bien réel »).[...]»

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RUSSIE • Le rouble en chute libre

«La décision de l'OPEP de ne pas réduire sa production de pétrole a accentué la chute de la devise russe déjà malmenée par les sanctions européennes. Le rouble a ainsi atteint son plus bas niveau face au dollar et à l'euro depuis le krach d'août 1998. 

"L'euro et le pétrole à égalité", titre Gazeta.ru. "Pas de coup de pouce de la part de l'Organisation des pays exportateurs de pétrole (Opep)", affiche à la une le quotidien économique Vedomosti. Plus de 52 roubles pour un dollar, plus de 65 pour un euro : "C'est la plus forte baisse du rouble depuis 1998" [date du dernier krack en Russie], s'alarme Gazeta.ru.

Cet effondrement est la conséquence directe de la chute du prix du pétrole descendu sous les 70 dollars le baril (le 1er décembre). Les experts estiment qu'elle pourrait se poursuivre jusqu'à 40 dollars le baril, et "le monde assistera alors à la répétition des événements qui ont conduit, il y a trente ans, à la faillite du Mexique et ont mis fin à l'existence de l'URSS". "La chute considérable du prix du brut en 1997-1998 fut également l'un des facteurs ayant provoqué le défaut russe en août 1998", estime l'analyste principal de la Danske Bank, Allan von Meren.

La chute du prix du baril est quant à elle, rappelle Vedomosti, la conséquence de la décision de l'Opep, le 27 novembre, de ne pas réduire sa production, soit 30 millions de barils/jour, quotas fixés en décembre 2011, et qui ne devrait plus bouger au moins jusqu'en juin 2015, date de la prochaine réunion des pays membres de l'organisation.

Le président de la compagnie pétrolière russe Rosneft, Igor Setchine, affirme que même si le prix du baril descendait sous les 60 dollars, cela ne contraindrait pas la Russie à réduire sa production.[...]»

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Courrier internacional, Laurence Habay

segunda-feira, 1 de dezembro de 2014

François Dubet, La préférence pour l’inégalité. Comprendre la crise des solidarités

«1«La solidarité a longtemps été adossée à l’image d’une société pesante, mais protectrice » (p. 53), et cette image serait aujourd’hui en perte de légitimité. Le propos général du livre est de montrer comment le consensus autour de l’intégration sociale s’érode. L’auteur y défend l’idée forte selon laquelle la crise des solidarités s’expliquerait par un déclin du désir d’égalité. Il se situe ainsi dans la continuité des grands travaux relatifs à la solidarité et à son revers, l’exclusion. François Dubet développe une théorie générale propice à une relecture attentive des travaux précédents sur ce thème1 : nos sociétés auraient choisi l’inégalité ; et c’est cette idée de choix qui constitue la colonne vertébrale de l’œuvre.
  • 2 On lira à ce propos Thomas Piketty, Le Capital au XXIe siècle, Paris, Seuil, 2013.
  • 3 François Dubet s’appuie ici sur l’ouvrage d’Éric Maurin, Le Ghetto français, Paris, Seuil/La républ (...)
  • 4 Ici encore, l’auteur cite Éric Maurin, La peur du déclassement, Paris, Seuil/La république des idée (...)
2Ainsi, François Dubet s’attache, dans un premier chapitre justement intitulé « Le choix de l’inégalité », à analyser quels sont les ressorts sociaux de cette préférence. Et c’est ici un des premiers traits marquants du livre : finalement, ce choix est moins un choix politique que le fruit de nos pratiques quotidiennes (p. 38) : l’auteur passe ainsi en revue les principales recherches récentes, en montrant comment celles-ci postulent un désintérêt croissant des groupes sociaux pour la solidarité. François Dubet relie donc sa théorie générale à de nombreux phénomènes qui matérialisent les accrocs du lien social français – progression des inégalités de revenus2 et culpabilisation des populations pauvres, désir d’entre-soi provoquant un processus de ségrégation spatiale généralisée3, panique morale d’une grande partie des classes moyennes en proie à une peur – jugée excessive – du déclassement4… On retrouve également une large analyse - dont Dubet est l’un des grands instigateurs - du déclin de l’école comme institution « sacrée » de l’ordre républicain. L’auteur, reprenant en substance les analyses de Pierre Bourdieu et de Pierre Merle (p. 26) parle à ce propos de « massification concurrentielle » (p. 30). Toujours incapable de corriger les inégalités initiales, l’école devient de plus en plus un espace de compétition dont l’usage est monopolisé par les familles à fort capital culturel, afin d’assurer un avenir prometteur à leurs enfants. Les familles populaires seraient ainsi marginalisées au sein de l’institution, et n’apparaîtraient aux yeux du grand public qu’à travers les problèmes qu’elles posent – absentéisme, décrochage scolaire... Comme le note François Dubet, ces familles « semblent ainsi devenues responsables de leur propre malheur » (p. 31). Autrement dit, « Le système scolaire français n’est pas élitiste parce qu’il sélectionne des élites […] Il est élitiste parce que le mode de production des élites commande toutes les hiérarchies scolaires […] et parce qu’il détermine l’expérience scolaire de tous » (p. 30).

  • 5 À ce propos, on lira avec intérêt l’ouvrage de Jean-François Lyotard, La condition postmoderne, Par (...)
  • 6 François Dubet parle d’ailleurs d’idéal plus «liquide».
  • 7 L’ouvrage de référence en la matière étant celui de Robert Castel, Les métamorphoses de la question (...)
  • 8 Cette analyse est celle de Jacques Donzelot, « Un État qui rend capable » in Serge Paugam (dir.), R (...)
  • 9 Lire à ce propos Serge Ebersold, La naissance de l'inemployable. Ou l'insertion aux risques de l'ex (...)
3Ces évolutions seraient la résultante d’un processus de longue crise des solidarités, provoqué par un affaiblissement de la force évocatrice des grands récits5. L’auteur se réfère ici au déclin des grands idéaux nationaux issus notamment de la IIIe république, la sacralisation de l’institution scolaire en étant un élément majeur. Pour le sociologue, c’est justement par ces grands récits que se serait constituée la représentation d’une nation solidaire. L’idée d’une identité commune, constituant le socle symbolique légitimant la redistribution des richesses, ferait figure de condition nécessaire au sentiment d’un devenir collectif. De là un « malaise dans la solidarité » que l’auteur éclaire par plusieurs statistiques – défiance croissante contre les étrangers, contre l’impôt et les mécanismes redistributifs… C’est ainsi que pour François Dubet – et c’est ici la seconde grande thèse de l’ouvrage – l’idéal d’intégration sociale laisserait sa place à l’idéal de cohésion sociale. Le premier se traduirait par une société lourde mais protectrice, instituant l’idéal d’un destin commun et inclusif qui ferait de la société une entité insécable. Le second, au contraire, relèverait d’un idéal moins monolithique6 considérant le corps social comme une simple agrégation d’individualités. Reprenant la genèse de la construction d’un État intégrateur à partir des travaux des principaux théoriciens7, le sociologue analyse les différents phénomènes qui illustrent ce « deuil de l’intégration ». De l’entreprise, qui serait devenue un réseau de relations et de compétences, et non « un tout » (p. 64), jusqu’au développement des discours apocalyptiques sur la « fin » de la société, chers aux conservateurs, l’auteur dessine ainsi un portrait inquiétant d’un pays en proie au doute, où les grands discours sur la solidarité seraient devenus au mieux inaudibles, au pire suspects (p. 67). L’affaiblissement structurel de l’idéal d’intégration aurait donc laissé place à celui de la cohésion. Ce dernier se traduirait par un discours nouveau, centré sur l’individu. Le rôle même de l’État en serait transformé. De garantes du vivre ensemble, les politiques publiques seraient désormais centrées sur la promotion de l’empowerment des individus, c’est-à-dire sur la capacité de chacun de « se réaliser ». L’État aurait désormais pour mission de « rendre capables »8, d’améliorer l’employabilité9 des individus, d’encourager la mobilité sociale… Se dessinerait ainsi un monde où toutes les inégalités justes seraient légitimées par le seul mérite (p. 73). La société idéale serait alors moins un système fonctionnel et harmonieux qu’un réseau de capital social et de confiance. François Dubet souligne régulièrement les apories de cet idéal nouveau : les politiques publiques seraient sans durée, sans cohérence, sans épaisseur. Elles se résumeraient à un flux continu de dispositifs et de réformes dont les résultats demeureraient discrets (p. 77). Elles marqueraient surtout une rupture avec les prérogatives traditionnelles dévolues à l’État providence – intégration, lutte contre la misère sociale...

4Le dernier chapitre de l’ouvrage, dont l’intérêt peut raisonnablement sembler plus secondaire, est normatif. L’auteur y propose plusieurs pistes de réflexion afin de promouvoir une nouvelle solidarité qui ne serait pas une simple esthétique du retour (aux traditions, à la religion, aux racines), portée par les penseurs réactionnaires et « dangereux pour la démocratie » (p. 81). L’auteur demeure en effet circonspect sur la possibilité de réécrire un « grand récit ». Il se propose donc de revenir aux pratiques individuelles, quitte à paraître trop timoré (p. 82). La question étant éminemment politique, il souligne avec justesse l’ambiguïté de la double injonction démocratique : considérer les individus comme des entités distinctes, tout en permettant à tous de se considérer comme des semblables. On évoquera ici rapidement les voies de réflexions édifiées par l’auteur : multiplier les scènes démocratiques en encourageant les dispositifs de démocraties directes, élargir les procédures représentatives afin de permettre à tous d’y être figurés ou d’y figurer, améliorer la transparence fiscale – le flou étant propice aux rumeurs et aux accusations contre les « profiteurs » - privilégier les populations les plus en difficulté quitte à réduire les fonds alloués aux bénéfices des plus favorisés, repenser l’institution scolaire en réinscrivant son action dans son territoire local… De manière plus globale, le propos de François Dubet s’inscrit dans une vaste réflexion sur la durabilité du modèle actuel. Il s’interroge ainsi, dans les dernières pages de son ouvrage, sur l’opportunité de s’inspirer du système multiculturel canadien, où le droit à la différence est affirmé dans la limite des droits de l’individu, « y compris celui de refuser les identités des collectifs auxquels on est censé appartenir » (p. 101).[...]»

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El debate de Robert Mundell y Allan Meltzer sobre el futuro del euro

«Dos economistas del otro lado del Atlántico discuten el futuro del euro. El primero es Robert Mundell, creador de la moneda única y premio Nobel en 1999 por sus trabajos sobre la optimización de los sistemas monetarios. El segundo es Allan Meltzer, asesor económico de Ronald Reagan en los años 80 y autor se uno de los más voluminosos tratados de la Reserva Federal (1.500 páginas). Mundell y Meltzer tienen posiciones diametralmente opuestas sobre el el futuro del euro.
650_1000_meltzer-mundell-1 Para Mundell, los países europeos más débiles confiaron excesivamente en sus devaluaciones para seguir siendo competitivos, con alta inflación y altas tasas de interés, pero lento crecimiento. El proceso devaluatorio y los acuerdos laborales permitían que los salarios subieran más rápido que los precios. La creación de la moneda única obligaba a los países periféricos a elevar la productividad y moderar los salarios para mejorar la competitividad. Según Mundell, el sentido del euro era ejercer la presión del mercado para desterrar las leyes restrictivas del trabajo que durante décadas fueron una institución europea y una maldición económica.
En un documento del año 2011 Mundell señaló que la realidad estaba siguiendo la teoría. Para Mundell, en plena crisis, una de las grandes ventajas del euro era haber mejorado la disciplina salarial. “En Europa –dijo Mundell-, un país no puede cambiar los tipos de cambio. Por lo tanto, cuando los sindicatos piden aumentos salariales del 10%, y el crecimiento de la productividad es de 2% o 3%, todos saben que ese aumento se traducirá en desempleo masivo o quiebras. La imposibilidad de la devaluación hará que los sindicatos moderen sus demandas”.
¿Entonces, qué es lo que ha ido mal en Europa? Mundell insiste en que el euro “ha actuado en forma espectacular” y que el problema es el gasto público irresponsable y los déficit excesivos. Si Europa se mueve a “una unión más perfecta”, donde una autoridad central está facultada para imponer una estricta disciplina fiscal a los gobiernos díscolos de la periferia, y Alemania y otros países ricos ayudaran a financiar a sus vecinos del sur hasta que eso ocurra, el euro puede ser salvado y el crecimiento se reanudará. Pero ¿Cuánto tiempo puede transcurrir en este proceso? Mundell no lo dice.

Problema de competitividad

Allan Meltzer está en absoluto desacuerdo con su colega Robert Mundell. Para Meltzer, el problema principal no es el gasto sino la competitividad. Meltzer señala que ha habido un descenso importante de la competitividad en los países periféricos y que esto es un claro y directo legado del euro. “La zona euro no es realmente la unión que Mundell pensó que sería – dice Meltzer – “Grecia y Alemania estaban en mundos muy diferentes antes de la introducción del euro, y se han quedado ahí. Nadie debió creer la historia del euro”.
Para Meltzer, los banqueros centrales y los políticos han abordado la crisis del euro de manera equivocada: “Están machacando el problema de la deuda y eso no es lo que tienen que hacer. El problema mayor es el costo de la producción. Los países del sur no pueden crecer si los costos de producción en España o Italia son 30% más altos que en Alemania, como es ahora el caso”.
Para Meltzer, el problema principal es que Mundell pensó en una convergencia de la productividad – el número de camiones o semiconductores que un trabajador hace por hora – y esto no sucedió. La convergencia se fue en la dirección equivocada: Los salarios aumentaron más rápido en España, Italia, Irlanda y Grecia que en Alemania. Y fueron los alemanes y no los españoles o italianos, los que se hicieron más productivos: de 2000 a 2008, los costes laborales aumentaron un 15% en Alemania, frente al 30% en Italia, 43% en España y el 49% en Irlanda.
Robert Mundell admitió recientemente este problema y admitió que el euro “podría haber dado lugar a una convergencia demasiado rápida de los salarios entre áreas donde la productividad era desigual”.

¿Por qué los salarios aumentaron y desafiaron las predicciones de Mundell? Por los bajos tipos de interés que pusieron montañas de dinero al alcance de irlandeses o españoles. Estos países sabían que no podían aumentar su productividad pero pidieron prestado enormes sumas de dinero a tasas de interés irresistiblemente bajas. Esto generó un boom del consumo que impulsó la burbuja inmobiliaria y el gasto vía tarjetas de crédito sin que ningún banquero central detectara la anomalía. Ni el Banco Central de España, Italia o el Banco Central de toda Europa supo ver el peligro que implicaba el torrente de dinero barato.
El enorme flujo del dinero barato -gentileza del euro- permitió realizar aumentos salariales en empresas ineficientes que ayudaron a demoler aún más la productividad. Para Meltzer la situación actual no tiene salida y el euro debe escindirse en dos: un euro duro para Alemania y un euro suave para los países de la periferia (Irlanda, Portugal, España, Francia, Italia, Grecia) La existencia de un “euro suave”, permitiría a los países de la periferia mejorar la competitividad… y crecer. Sólo en el período de crecimiento es posible hacer reformas. Y si hacen las reformas necesarias, los países del “euro suave” podrán volver a unirse al “euro duro”.[...]»

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Marco Antonio Moreno – Consejo Científico de ATTAC España